Moción de censura contra el montón de basura

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoSe le veía inquieto en su escaño. Como esos futbolistas que quieren reivindicarse ante el míster y aguardan en la banda a que el árbitro les dé permiso para saltar al campo. O, mejor, como al jugador de póquer primerizo que cree que tiene una buena mano y ni siquiera consigue ocultar tras las gafas ahumadas su prisa por subir la apuesta. Llevaba ya muchas horas gesticulando, haciendo mohínes que parecían señas, sonriendo por la comisura de unos labios incapaces de de contener la bilis. Y al final, claro, cuando tuvo su oportunidad, el vocero del PP en el Congreso, Rafael Hernando, no pudo evitarlo: enseñó los tacos y metió la pata. Genio y figura. Una zancadilla con toda la mala intención en las vidas privadas del líder de Podemos, Pablo Iglesias, y de su portavoz Irene Montero, cerró un debate que había transcurrido por los abruptos y lógicos derroteros de una moción de censura contra el presidente del Gobierno.

Como las fieras en las acacias de la sabana o los canes en las farolas, Hernando marcó su territorio y con la frase «no sé que voy a provocar en esa relación», con la que intentó confrontar con calculada ambigüedad al promotor de la moción y a su adlátere, echó la persiana a dos días de parlamentarismo bronco en unas ocasiones, apasionado en otras, desnortado a veces, pedagógico en exceso, capaz de aburrir a las ovejas en momentos puntuales y, si me apuran, hasta ofensivo, pero solo desde el plano de la política y sus circunstancias colaterales. Rompió así, desde la mala educación barriobajera y la incontinencia verbal que le son consustanciales, un libreto  que dejaba poco margen a la improvisación.

Con su pirueta imposible, el narcisista y condescendiente profesor Iglesias logró que el PSOE de Pedro Sánchez bis empezará la singladura igual que terminó la Gestora que lo defenestró como secretario general: absteniéndose. Y, por lo tanto, cuestiones estratégicas, tácticas y de química personal al margen, consiguió una foto fija de sus competidores por la izquierda que les sitúa en los márgenes de la razón. Los socialistas, por boca del eficiente y aseado José Luis Ábalos, consideran digno de tarjeta roja a Rajoy pero ni siquiera desde el punto de vista moral se plantean dejar escrito en el libro de sesiones que votaron contra un presidente del Gobierno y de un partido apestados por la corrupción. Tampoco sorprendió que se explayara, que para eso era el proponente, con Ciudadanos, a cuyo líder, Albert Rivera, considera un títere cuyos hilos maneja a su antojo el jefe del Ejecutivo.

Pero si algo tuvo de oportuna la inviable moción de censura travestida por Iglesias en ensayo general, aparte de poner a cada uno frente al espejo, fue la de situar al PP en sede parlamentaria ante una realidad que se da de bruces con la posverdad que esgrimen sus dirigentes. Intentar cubrir con varias capas de datos económicos manipulados, incompletos o parciales la corrupción en la que chapotean para que el hedor no llegue a la pituitaria del respetable, o lo haga de forma atenuada, es a estas alturas misión imposible. Por eso estuvo bien que, a modo de recordatorio contra la dispersión, los promotores del fiasco leyeran pormenorizadamente la cartilla a sus oponentes. Puesto por orden alfabético, el nomenclátor de la corrupción popular y su afección sobre las instituciones del Estado resulta demoledor. Máxime si en el fragor de la batalla dialéctica el aspirante, y con él el público en general, tiene que escuchar a Hernando defendiendo que el PP y el Gobierno son «honrados, decentes y honestos» pocas horas después de que su líder, a la sazón el peor valorado de la historia de la democracia y reputado embustero, le tildara de «poco fiable».

Por supuesto, Rajoy salió reforzado de un excesivamente cómodo trance que evidencia otra vez la incapacidad de la oposición para supeditar al interés general sus propios intereses. Tras la aprobación de los presupuestos generales a tanto la pieza, dos trámites le quedan al campeón: la comisión de investigación parlamentaria y la comparecencia como testigo en la Audiencia Nacional sobre la supuesta financiación ilegal de la formación que dirige. Se esperan nuevos sonrojos.

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