Al PP se las ponen en Alicante como a Fernando VII

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoUn somero repaso a la trayectoria del tripartito de Alicante –PSOE, Guanyar y Compromís– desde su constitución como gobierno municipal tras las últimas elecciones locales permite concluir, con escaso margen de error y obviando otras consideraciones, que pocas veces se había visto en la clase política doméstica una inclinación tan acusada hacia el suicidio. Además de los rifirrafes escolares desde el minuto uno entre las partes que constituyen el todo sin que el todo sea la suma de las partes y de su manifiesta incapacidad para resolver los problemas ciudadanos ora por razones de procedimiento, ora por motivos ideológicos, ora por ausencia de empatía, ora por discrepancias insalvables, ora por posicionamientos estratégicos y  tácticos, ora por torpezas de manual, ora por chiripitiflautismo, el desbarajuste, como todo pastel, necesitaba una guinda que lo coronara.

Y esta, sabido es, ha venido de la mano de la imputación del alcalde Gabriel Echávarri y sus dos hombres fuertes por el presunto fraccionamiento de contratos en la concejalía de Comercio y la subsiguiente, consecuente y no atendida petición de dimisión por parte de toda la oposición, incluida tanto la exógena, o sea, la ajena al conglomerado directivo, como la endógena, que es la que se mueve, zapatea y desentona dentro del tablao. Pero no solo. Además de la guinda hacía falta un punto de sirope para endulzar hasta el empalago un condumio que ya parecía indigesto cuando los votantes lo introdujeron en el horno creyendo que la receta que ponía fin a la larga marcha de Luis Díaz Alperi y Sonia Castedo iba a quedar de rechupete. Y como la venganza es un manjar que se sirve en plato frío y habida cuenta que la venganza y el trasfuguismo son complementarios, aparece con renovados bríos la exconcejal de Guanyar Nerea Belmonte, cómodamente emboscada en el limbo de los concejales no adscritos desde que fue expulsada del grupo que dirige el vicealcalde Miguel Ángel Pavón por adjudicar contratos a un par de conmilitones de Podemos.

O sea que ahora, con el alcalde en plan Agustina de Aragón disparando cañonazos contra sus socios desde las tribunas oficiales que le depara el cargo que ocupa todavía, con otro frente abierto por el despido de la cuñada del portavoz popular y con la marcha de la naviera italiana Costa Cruceros debido a la falta de atractivos de una ciudad sucia, ruidosa, desnortada y sorprendentemente embebida en el ombliguismo como resumen de la situación, la edil que sabía que acabaría teniendo la sartén por el mango y por eso puso su acta a buen recaudo reclama un acto de desagravio imposible para sus ex, parejo con la devolución de competencias y la dimisión de un par de compañeras de corporación, y anuncia su oposición frontal a la acción del gobierno (¿) mientras Echávarri siga blandiendo esa vara de mando que en sus manazas parece un garrote.

Así le habrían puesto al líder opositor externo Luis Barcala las carambolas si hubiera sido Fernando VII en vez de portavoz del PP. Quién le iba a decir al eterno suplente de Asunción Sánchez Zaplana (primero tras su nombramiento como consellera de Asuntos Sociales y después al ser designada senadora por la Comunidad valenciana), depositario y copartícipe de una herencia corrupta que se encuentra en la raíz de todos los contenciosos que padece la capital provincial, que iba a estar tan cómodo a dos años de ganar los próximo comicios. O antes.

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