Gürtel, como los Soprano

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoHa querido esa oportunista compañera de viaje que llamamos casualidad que el arranque del juicio de la trama Gürtel, sección Comunidad Valenciana, coincida con la sobredosis de capítulos de Los Soprano que se está metiendo en vena el arriba firmante. Y, mira por donde, el mismo día que una emisora de radio recordaba los arrumacos que se hacían por teléfono Álvaro Pérez «El Bigotes», capitán territorial del gánster Francisco Correa, y el exjefe del Consell con el PP Francisco Camps (ya saben: que si amiguito del alma, que si te quiero un huevo, que si yo también) me sobresaltó un breve diálogo inserto en el capítulo nueve de la sexta y última temporada.

La escena es como sigue: Toni Soprano y su sobrino Christopher Moltisanti, jartos del Burdeos que unas horas antes han robado a unos tipos que sustraían decenas de cajas de un almacén, se ponen tiernos y se confiesan. «Te quiero», le dice el capo di capi de Nueva Jersey a su protegido en el aparcamiento del restaurante donde acaban de cenar opíparamente mientras descorcha otra botella de vino para beberla a morro. «Yo también te quiero», le contesta éste con los ojos anegados en lágrimas y la lengua de estropajo.

Pero es que la cosa tiene más enjundia. En el momento en que el orfeón integrado por presuntos empresarios y por tenaces conseguidores daba el do de pecho cantando ante el juez José María Vázquez Honrubia cómo funcionaban los negocios entre ambas bandas y Pablo Crespo y Álvaro Pérez lograban un aplazamiento de la vista porque estaban dispuestos a interpretar en plan sopranos, barítonos o tenores cuantas arias le vinieran en gana a su señoría con tal de ver reducidas sus penas –que con pan público son menos–, el menda que esto escribe picaba en el capítulo diez como quien pica pistachos al abrigo del sofá.

Sucede en el episodio en cuestión que Johnny Sack, quien sustituye al fallecido Carmine Lupertazzi al frente de la familia de Brooklyn, está negociando una reducción de condena. El abogado se entrevista con la fiscal del caso por el que su cliente está encarcelado. Andan regateando sobre los bienes a incautar y los años de prisión a cumplir. Al comprobar la acusadora que la otra parte insiste, zanja: «Vuelve cuando estés sobrio».

El paralelismo entre la ficción realista de la megaserie de televisión y la mágica realidad de la financiación de los populares autóctonos es más que evidente. Máxime si confrontamos la dureza chinchorrera de la fiscal estadounidense con el escepticismo y el notorio hartazgo del magistrado de la Audiencia Nacional cuando el pelotilla defensor de Pablo Crespo le solicita el aplazamiento prometiéndole que su representado va a tirar de partitura como quien tira de talonario. Y del Ministerio Público español, que  vino a responder al cambalache, poco más o menos, que sí, que bueno, que vale, que de acuerdo. Pero que primero cantad, malditos, y después hablamos de las rebajas de enero poco antes de que el número dos de la organización criminal –la mercantil, no la política–, en la línea de su superior jerárquico, dirigiera el dardo contra el inefable exsecretario general del PP Ricardo Costa y de que la histriónica tercera pata del taburete, «El Bigotes», hiciera un gorgorito y, elevando el tono en registro castrati, situara la equis en mitad de la despejada frente de Camps y de otros miembros de su cúpula dirigente.

Cuando el exlíder autonómico del PP y actual miembro del Consell Jurídic Consultiu, que disfruta de unos inmerecidos emolumentos que pagan a escote sus conciudadanos, fue declarado no culpable por un tribunal popular en el archifamoso juicio de los trajes, miró al cielo dando gracias al Altísimo, se supone. ¿Estará ahora visualizando el infierno? ¿Habrá variado su idea de la amistad? ¿Y su sucesora orgánica Isabel Bonig? ¿Creerá todavía que se puede hacer comulgar al personal con ruedas de molino? En su imaginario particular, ¿pensará aún que alguien se puede creer que no se enterara de lo que pasaba en la formación conservadora al igual que Carmela, la sacrificada esposa de Toni Soprano, finge desconocer lo que ocurre en su casa cuando le interesa? ¿Será una mezzosoprano afónica?

Llegados a este punto de coincidencias uno no sabe si será capaz de compaginar el seguimiento de la serie con la pertinente atención al procesamiento a sabiendas de que el presunto autor intelectual por acción u omisión de esta indecencia que nos llega por entregas no está en remotos desiertos ni en lejanas montañas. Anda por ahí, de bolo en bolo. Dando lecciones de armonía.

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