Vamos a contar mentiras

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoQué cosas. Igual que el protagonista infantil de El sexto sentido en ocasiones veía muertos, a mí siempre que oigo hablar a alguien del Gobierno o del PP de la separación de poderes se me activa una musiquilla que tengo alojada en la trompa de Eustaquio como un tapón de cera y que suena como aquella a la que poníamos letra cuando salíamos de excursión en el cole. «Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas», decía la marcha que entonábamos a pleno pulmón, en plan legionarios imberbes, para desesperación del conductor del autobús. Se llamaba Vamos a contar mentiras y era una pieza muy codiciada también por los Boy Scouts en sus incursiones a través de la foresta y por los flechas del Frente de Juventudes en sus fuegos de campamento. Ignoro si ha caído en desuso entre los tiernos infantes este ejercicio de prestidigitación en el que las peras se transformaban en manzanas y estas en avellanas como paso previo a su conversión en nueces para culminar su metamorfosis en melones tras sacudir la chiquillería a pedradas el frutal original. Pero, por lo que parece, tiene plena vigencia en el mundillo dirigente.

No es que uno se haya caído de repente del guindo que misteriosamente no aparece en la coplilla. Desde el inicio de los tiempos democráticos y por supuesto en toda la predemocracia de manera más virulenta, el embuste como forma de acción política ha regido las relaciones entre el elector que aspira a una vida mejor por derecho propio y el elegible que aspira a perpetuarse en una vida mejor por derecho de pernada. Nos mentían antes por nuestro bien, claro, cuando vestíamos pañales democráticos para contener el entusiasmo y nos hurtan la verdad ahora que estamos a punto de volver a los pañales para no mojar la cama en la que violan las prerrogativas que tenemos como ciudadanos. Una de las cuales es evidentemente la de que no nos consideren tontos del bote o, dicho en lenguaje políticamente correcto, gilipollas de manual.

Hay ejemplos, tanto pretéritos como presentes, para llenar un remolque de nueces genéticamente modificadas con el propósito de que adquieran apariencia de pepino, pongamos por caso. Si nos quedamos en el frenopático actual podemos ver sin apenas forzar los ojos que la ministra de Empleo Fátima Báñez miente con alevosía y abuso de desparpajo al afirmar que los jubilados no han perdido un ápice de poder adquisitivo tras comunicarles por vía epistolar que sus pensiones han subido la friolera del 0,25%. De la misma forma, si conseguimos que la canción de marras no interrumpa con su estridencia el mensaje, podremos escuchar la sarta de trolas a la que recurren los populares para eludir responsabilidades y procurar salvar del hirviente magma de la corrupción los pocos muebles que les quedan. O en materia de recuperación económica asistiremos a los equilibrios que se ven obligados a hacer en la cuerda floja que han tendido sobre la imponente brecha salarial para hacernos creer que esto empieza a ser lo más parecido a Jauja, donde sus habitantes, todos, se hinchan a devorar miel sobre hojuelas hasta el punto de poner en riesgo su salud.

Nos engañan porque nos dejamos. Así que no debe extrañarnos que a propósito del esperpento catalán hayamos tenido la confirmación de que la injerencia del Poder Ejecutivo en el Judicial es un hecho avalado por la experiencia que se asienta en el reparto de cuotas en función de la composición ideológica del Parlamento y en la inveterada alergia a reformar el sistema de elección en los órganos de representación de los jueces. Al inconcebible y redomado falsario Carles Puigdemont que aspira a empadronarse en Waterloo le interceptaron unos mensajes dirigidos al republicano y compañero de fuga Toni Comin en los que daba por finiquitado el procés a las pocas horas de que se supiera que el Gobierno central se había puesto en contacto con sus señorías del Constitucional para sugerirles la conveniencia de que admitieran el recurso contra la investidura del expresident del Govern a renglón seguido de que el Consejo de Estado no viera base para actuar preventivamente en un informe no vinculante. A Rajoy le entró cagalera porque necesitaba y necesita explotar la baza de la confrontación y de la legitimidad a falta de otras mejores. Y cayeron ciruelas. Sabemos lo que le dijo Puigdemont a Comin, pero ¿conoceremos alguna vez qué susurró el Ejecutivo al Judicial para, sin interferir en su decisión, faltaría más, allanarse el camino? Lástima que allí no hubiera cámara de televisión para inmortalizar el respeto a la separación de poderes que consagra la misma Carta Magna que incluye el artículo 155. Cubrir las falsedades con mentiras invalida las buenas intenciones y deja la razón, aunque sea de Estado, reducida al papel de espantajo.

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