Camps suma... y sigue aferrado al dinero público

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoAlgún indicio de verosimilitud habrá atisbado el magistrado de la Audiencia Nacional José de la Mata en las declaraciones de los conseguidores de la trama Gürtel Francisco Correa y Álvaro Pérez «El bigotes», y del exsecretario general del PP de la Comunidad Valenciana, Ricardo Costa, para tomar la decisión de investigar al expresidente del gobierno autonómico Francisco Camps por la financiación ilegal del partido. De acuerdo en que todos ellos, acogiéndose al derecho al uso del ventilador o a la delación para intentar atenuar las penas que les pide el fiscal, pudieron mentir como los bellacos que son. Pero habrá que confiar en la nariz del juez, además de atender a otras consideraciones relacionadas con el sentido común, para convenir en que algo de agua cantarina traerá el río cuando además de los corruptos confesos mencionados más arriba consta en los legajos que obran en poder de los tribunales el reconocimiento expreso de nueve empresarios que admitieron, a cambio de la correspondiente rebaja, claro, que habían sufragado actos electorales de los populares aborígenes que comandaba Camps.

Blanco y en botella ha debido ver su señoría el asunto para decretar la inclusión del exjefe del Consell en el elenco de protagonistas de esta historia interminable. Máxime después de que el inspector de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional que dirigió la investigación sobre la trama, Manuel Morocho, confirmara que el PP que lideraba el «amiguito del alma» de Pérez utilizó una doble fórmula contable de manera sistemática y de coloración tan negra como las partes pudendas de un grillo para abonar a sus proveedores gurtelinos la organización de eventos, mítines y otras menudencias que permitió llegar a la gaviota a los comicios dopada hasta el pico para alucinar desde las alturas de las sucesivas mayorías absolutas con los fastuosos viajes papales, las inconmensurables pruebas automovilísticas, las suntuosas empresas públicas constructoras de colegios, las inenarrables ciudades de la luz y demás castillos en el aire actualmente en ruinas.

Verde y con asas, en fin, ha tenido que observar el togado el papel de aquél que quería «un huevo» a «El Bigotes», aunque lo negara contumazmente, para llamarle a capítulo. Tal vez no contemplara, eso sí, la comparecencia de Camps en la comisión de investigación del Congreso, esa especie de tribunal de la señorita Pepis en el que el declarante que se sienta en el estrado abronca desde la arrogancia, y en ocasiones la chulería, a unos amedrentados interpelantes depositarios, dicen, de la soberanía popular. De haberlo hecho se hubiera dado cuenta de que errare humanum est. O sea, que a lo mejor habría cambiado de criterio al percatarse de que se encontraba ante «Un buen tío», como titula su último libro/desagravio el periodista Arcadi Espada, que fue víctima de una inmisericorde campaña mediática.

Le hubiera oído decir que en realidad había sido un rey sin corona ajeno a todo lo que ocurría en su entorno, al que le ponían a huevo –hombre, tú por aquí otra vez– actos y eventos, como las carambolas a Fernando VII, a mayor gloria de su gestión administrativa. O sea que llamado como estaba a partirse el pecho en pro de la felicidad de sus paisanos y a luchar contra la influencia separatista del vecino del norte no podía perder ni un minuto de su precioso tiempo en algo tan vulgar como la intendencia del partido que dirigía, prosaica actividad que dejaba en manos de la plebe orgánica que encabezaba Ric Costa. Lo afirmó en la comisión como si estuviera en las Torres de Serranos inaugurando algo. Como dijo también que ninguno de sus entonces corifeos y ahora chivatos le habían comunicado nunca jamás nada de aquello que se les imputa y en lo que acaba de ser involucrado abiertamente por el juez. Estaba en las nubes. Y las palabras de agradecimiento de sus corruptos amigos formuladas públicamente en saraos, bodas y guateques eran solo el producto de la ingesta de brebajes espirituosos. ¿Quién, por Dios, al que adora sin que ello sea obstáculo para incumplir su octavo mandamiento, no se había puesto la corbata en la cabeza a modo de diadema a los postres de unos esponsales? vino a preguntarse en voz alta.

Es difícil que pueda ser un buen tío un político que dejó el territorio que gobernó hecho unos zorros moral y económicamente, que no sospechó de la corrupción que le rodeaba, que ni de cerca observó la procedencia de los fondos que recibía su partido y que no se enteró de que estaba gastando a manos llenas y sin control lo que no tenía. Especímenes más raros aunque menos embusteros pululan por el ecosistema patrio. Pero, desde luego, lo que está claro es que en el caso de que el descarado miembro del Consejo Jurídico Consultivo que pagan los ciudadanos a escote sea exonerado de toda responsabilidad administrativa y contable por vaya usted a saber qué misterios de la ciencia jurídica, el juez debería condenarle al menos a la pena del adjetivo calificativo. Y mira que hay.

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