Pobre Blasco, escarnecido y afrentado

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoRafael Blasco, el camaleón de la política valenciana que pasó de los brazos de la extrema izquierda a los del PP en una vertiginosa gymkana premiada con la acumulación de bienes obtenidos de forma espuria; el comodín imprescindible en todos los gobiernos de la Comunitat, desde los presididos por Joan Lerma hasta los malversados por Eduardo Zaplana y Francisco Camps; el estratega que encarnó los más diversos roles tanto en el orden orgánico de sus partidos como en el parlamentario, es sobre todas las cosas la antítesis del buen ladrón que roba a los ricos para entregar el dinero a los pobres.

Autor convicto y confeso de algunos de los delitos más repugnantes que puedan perpetrarse y miembro de pleno derecho de una banda de saqueadores de fondos públicos hasta su disolución por parte de la Justicia tras las denuncias presentadas en 2010 por las diputadas autonómicas Clara Tirado, del PSOE, y Mireia Mollà, de Compromís, en el denominado caso Cooperación, este posmoderno Alí Babá que ingresó en prisión en 2015 con una condena de seis años y medio por el desvío de fondos destinados a ayudas al desarrollo que tenían destino en Nicaragua pero acabaron invertidos en inmuebles en Valencia, afronta desde hace unas semanas la segunda parte de su codicioso descenso a los infiernos.

En semilibertad desde que el tercer grado penitenciario que disfruta le permite hacer aguas mayores y menores en su casa de la capital del Turia, a la sazón uno de los epicentros de la corrupción nacional, Blasco y el resto de los depredadores y sin embargo amigos, como Augusto César Tauroni, que consideraba que había que priorizar «lo nuestro antes que lo de los negratas», ha entrado en la habitual fase de admitir el latrocinio para ver atenuadas sus penas previa negociación con el fiscal. Y Blasco, que ya luce en la solapa de la americana la Gran Cruz de chorizo con distintivo rojo tras pasar de presunto a confirmado, se ha prestado al juego de las rebajas a sabiendas de que segundas partes nunca fueron buenas. O sea, que acaba de firmar con Anticorrupción un descuento de ocho años de cárcel sobre los dieciséis que le pedía la acusación pública además de eximirle del pago de una parte de la sanción económica correspondiente , lo cual se antoja una ganga, por distraer decenas de subvenciones de la Generalitat para, entre otros proyectos, construir un hospital en Haití después del devastador terremoto de 2010.

Pero hete aquí que el cambalache está encontrando la oposición de algunas de las acusaciones, que quieren que el desfile por los tribunales se celebre aunque el menda y sus secuaces hayan admitido de la A a la Zeta los delitos que se les imputan. Con lo cual, el cirio, además de no ser menudo, está permitiendo vislumbrar características propias de este peculiar sistema judicial que soportamos. A saber: resulta que las defensas del Luis Candelas y sus mariachis han aducido que de continuar el procesamiento se estaría incurriendo en «escarnio» al quedar sus clientes sometidos a un juicio paralelo. O sea, si nos atenemos a la definición que el diccionario de la RAE le reserva al término, los letrados entienden que serían víctimas de una «burla tenaz que se hace con el propósito de afrentar».

Así las cosas, y aun aceptando que la Justicia no puede basarse en la venganza, resulta marciano que se pretenda hacer pasar por escarnecidos a una caterva de escarnecedores que nunca devolverán todo lo que sustrajeron. ¿O es que en el asunto que nos ocupa hay alguien que no sean ellos y con el exconseller en primera posición de saludo que se haya burlado tenaz y reiteradamente de las instituciones y haya afrentado a los ciudadanos, incluidos los negratas?

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